El segundo día de cursillo vino y se marchó con normalidad. El incremento de nivel fue mínimo si bien nulo, lo único que aumentó fue el tamaño de la clase. Pero como bien decía Isis, seguía sin ser serio que para hacer un plaché tuvieras que esquivar el culo de la de delante. Por suerte para nosotras, la división de la clase consistió en tres grupos: 1º y 2º; 3º, es decir, nosotras, que somos el curso menos más numeroso; y los chicos, uno de cada nivel.
Y, al final, nada nos libró de la clase de puntas. No fue especialmente dura (mis pies no lo hubieran soportado) y vino acompañada de una grata y beneficiosa noticia (económicamente hablando).
A pesar del cansancio y de que parecía que mis ojos no lo iban a aguantar abiertos, llegó el tercer día del cursillo. Esta vez, cinco privilegiadas tuvimos el placer (y tanto) de subir, aunque solo por un día, de nivel.
No hacía falta ser un hacha para darse cuenta de que no éramos bien recividas allí. Pero eso nos importaba más bien poco: si bien nos teníamos que esforzar muchísimo más que en el primer nivel, no había ni punto de comparación. Necesitábamos una meta y allí la teníamos, las otras clases eran demasiado fáciles. Vale, perfectas no las hacíamos. Pero estaban vacías. No significaban nada.
Una chica que se pasó sentada toda la clase llamó nuestra atención. No era del conservatorio y, sin embargo, hacía el primer nivel y veía el segundo. ¿Quién era, de dónde venía? Guille tenía curiosidad y ni Isis ni yo teníamos ni idea. Así que hicimos un corrillo entre Marcos, Isis, Guille y yo para que Marcos nos contara lo que sabía. Si bien nos agrupamos por discrección, los golpes de Marcos, las subidas y bajadas de cabeza y que la más bajita del grupo era yo, con diferencia, pues la discrección no la conseguimos. Y encima, sudados y pegajosos, el calor en la clase aumentaba.
Si, fue un día de cotilleos a escondidas. Había tensión en el ambiente, entre unos cursos y otros, con seis profesoras de público, cogiendo los ejercicios con pinzas, porque no podíamos comparar níveles, era evidente.
Pero fue una experiencia gratificante. Bailar de dentro a fuera, superar obstáculos. Obstinarse. Si decimos que sale, sale, y no hay más que hablar.
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