Llueve. Solo alguien como Serrat puede hacer una cancion de la lluvia que me guste.
Llueve...detrás de los cristales llueve y llueve...sobre los chopos medios deshojados sobre los pardos tejados...
Como ya dije en su momento, no me gusta que llueva, y no para desde ayer. Hoy, el cielo se ha cubierto de una especie de halo blanco que lo enmascara y me hace perder la noción del tiempo, como si este se hubiera detenido. Desisto ya de sujetarme los pantalones y me resigno a dejar que se arrastren por el pavimento encharcado. Más no se pueden mojar.
Me miro de reojo en un cristal. Tengo el pelo empapado, parezco la muerta aparecida de la curva de una leyenda urbana. El viento me obliga a bajar el paraguas y esquivo a la gente que veo reflejada en los charcos en el suelo, que vienen hacia mi, rápido, de camino a sus casas.
Levanto la vista y me doy cuenta de que aún me queda más trecho del que pensaba y aprieto el paso. No quiero estar en la calle ni un minuto más.
Al llegar a casa, me quito los pantalones, chorreando, y me pongo ropa seca. Me cepillo el pelo, mientras maldigo mil veces a la lluvia. Ha repiqueteado toda la tarde sobre los cristales allá donde estuviera: el instituto, el conservatorio, en casa. Ya no suena, pero miro al vacío y la veo caer, veo sus dibujos en los ya encharcados suelos. Frunzo el ceño.
No me gusta la lluvia.
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