miércoles, 21 de enero de 2009

Luis del Sueño.

El conservatorio, de chiste.
Pero de chiste.
Las clases destrozadas. La ventana de la 25 no cierra y encima uno de los cristales de la puerta ha dejado de existir, por lo que corre un vientecito de punta a punta que te pasa por entre las piernas que para la circulación estupendo, pero así no hay quien caliente.
Pretenden arreglar el suelo a base de cinta aislante. ¿Solo nosotros nos damos cuenta de que lo que las clases necesitan es un suelo nuevo? Parece mentira.
Por no hablar de los descolchones, las grietas y los agujeros. Que ahí siguen. Para que los van a quitar...
Luego El Sueño.
¿Sueño? Sueño el que me entra a mi bailando eso, madre mía. Solo que me digan cada cuanto tiempo tengo que cambiar de posición y ya está, y practicaré yo otro tipo de sueño en mi casa, mucho más productivo a años luz. Por lo menos que nos respeten la Danza de los Gitanos, solo pedimos eso. No podemos estar 16 alumnas en un aula, con tres profesoras distintas, y que 12 estén paradas muertas de risa. No sé. Tendremos que formarnos en todos los aspectos, pero esto ya...
Es el Status Quo. Nací para ser cuerpo de baile y moriré siendo cuerpo de baile. Estamentos cerrados y estables, como en la edad media. Exactamente igual. Es bastante dificil destacar de esta manera. Ni siquiera nos merece la pena, comenzamos a pensar. Debemos de medir 20 cm.
Por más que saltemos, los gigantes no nos dejan ver.
Vaya diita macho.
Vaya diita.

sábado, 10 de enero de 2009


El año vino...y se marchó.



366 días que al fin y al cabo acaban siendo tan efímeros como los 365 anteriores. AÑos que vienen, que pasan, que queremos recordar en nuestras vidas y que se nos escapan poco a poco al tañir del reloj de las Tendillas.



Una.



Todos los momentos que nos hicieron reír. Todos en los que una sonrisa afloró a nuestros labios tímidamente, al principio, y acabó alojándose allí durante un año entero, para hacernos compañía.



Dos.



Todos los instantes en los que quisimos llorar, pudieramos, o no, hacerlo.Cuando las lágrimas corrieron raudas por las mejillas o por el corazón, con surco seco e invisible, dejando una huella aún más honda.



Tres.



Mis amigos. Los que han estado siempre, los que permanecen a pesar de la distancia. Los que decidieron alejarse por su cuenta y riesgo y a los que despido igual que el año.


Cuatro.


Los romances. Cortos e intensos. Los besos furtivos, los abrazos rápidos. Las lágrimas tras el fracaso. El sol tras la tempestad de relaciones que no conducían sino a la ruina.


Cinco.


Tú. Tú mirada. Tus besos. Tus caricias. Tus palabras. Tú, que traes de nuevo luz a mi vida y haces que el año acabe de la mejor manera posible: haciéndome feliz hasta límites isospechados.


Seis.


Los nuevos sueños. Las metas que alcanzamos quedaron atrás como un recuerdo dulce, y, ante nosotros, se extiende un nuevo campo de sueños y grandes ideas que quizás alcancemos algún día. Quizás.


Siete.


Las viejas heridas que se cierran para dar paso a una nueva y lustrosa piel que nos rodea con el nuevo año y con la que nos sentimos capaces de afrontar cualquier cosa.


Ocho.


Los lugares en los que estuvimos, que nos vieron vivir lentamente a través de todo el año y que nos esperan pacientes a que volvamos a ellos, como quién vuelve al hogar.


Nueve.


Los bailes que me hicieron vivir más intensamente que el resto de los mortales durante escasos cuatro minutos, pero que me elevaron por encima de todos los demás.


Diez.


Todos los libros que me hicieron viajar muy lejos de aquí, a lugares donde todo el posible, todo lo que siempre soñé, todo lo que no pude imaginar jamás.


Once.


Un último pensamiento, de nuevo para todos.


Doce.


La última sonrisa del año.


Y el 2008 partió para nunca más volver.