
Sentía la brisa que se elevaba desde las olas, trayendome un olor salado y fresco, que recordaba a días de verano. Podía sentir las caricias de los rayos del Sol de Abril, el tacto de la arena tibia en mis pies. El sonido de las gaviotas, muy lejos de mí, el arrullo del mar.
Pero había algo más cerca, más cálido, más hermoso, más apaciguador. También era tibio, también era suave, y dentro, latía un corazón. Su respiración se perdía entre los mechones de mi pelo, y sus manos entrelazaban sus dedos en torno a mi cintura. Su voz en mi oído. Su voz en mi cabeza. Su voz en mi alma.
Sus palabras se mezclaban con el rumor de las olas. Puedo sentir el calor de su piel, rozando mi cuerpo desnudo, sentir como traspasa mi propia piel, como da aliento a mis latidos.
Tenerle allí superaba todos mis sueños, todos mis anhelos se resumían en tu proximidad. Jamás pensé que llegaría a acercarme tanto a alguien, más allá de la desnudez.
Le amaba. No podía negarlo de ninguna de las maneras. No podía huir de ello. Y menos cuando me hacía tan sumamente feliz tenerle allí.
Era todo lo que necesitaba.
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