
Llegué a casa con un dolor de cabeza horrible. Aun sostenía a Jo entre mis manos, junto con tus cartas. Rociar a Jo de tu colonia había sido un acierto. Olía tal y como hueles tu. Bueno, no del todo. Había algo que le faltaba, pero era lo único que tenía.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas. Lenta y silenciosamente. Te había prometido que no iba a llorar. Pero era una promesa absurda. Imposible de cumplir.
Alargué la mano y deshice el lazo morado que rodeaba tus cartas. Cogí la primera y la abrí cuidadosamente. Mis ojos recorrieron el papel, lleno de tus palabras.
"Espero que te guste mucho PRINCESA.
TE AMO!"
Ya no pude contenerme más y empecé a llorar ahogando los sollozos. Apreté a Jo contra mi cuerpo. Las cartas y el pequeño peluche era lo único que había quedado de tí. Tú, por otro lado, te habías llevado tu sonrisa, tus labios, tus palabras, tus ojos, tu tacto y el sonido de tu voz. No era justo.
Pero allí estaba yo, sin otro remedio que añorarte de tal forma que el alma se me estaba rompiendo en dos. No sé cuanto tiempo estuve llorando. Solo se que, finalmente, acabé durmiendome.
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, me quedé absolutamente inmovil sobre la cama. Mirando al techo, absorta. No podía creer que te hubieras ido. Se me hacía difícil pensar que no me había despertado porque tus llamadas perdidas sonaran como un reloj a las 11 de la mañana. Era difícil creer que, cuando encendiera el ordenador, no ibas a ser la primera persona en saludarne, preguntarme por los planes y venir a recogerme a mi casa.
Me giré sobre mi misma y vi a Jo. Respiré, y su olor, el tuyo, me innundó el alma. Y me llenó de añoranza y de dolor.
Paseé por mi habitación durante todo el día, dejando aquí y allá lágrimas de melancolía. ¿Es que no había nada en el mundo que no me recordara a algo nuestro?
Pense que no podría vivir sin ti. Y es cierto.
No puedo.
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